Torre del Infantado, la confluencia en la Villa de las confluencias.


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Publicado el 15/12/2020

Después de salvar las angosturas del Desfiladero de la Hermida, parece que el pecho se ensancha con el paisaje mientras atravesamos los valles lebaniegos hasta llegar a nuestro destino. La Villa de Potes es un lugar de confluencias, donde se encuentran los siete valles de la Comarca de Liébana, de la que es capital, además de los ríos Quiviesa y Deva. No solo los accidentes naturales, también la gente ha querido confluir desde antiguo en esta población, amparada por el abrazo benigno de imponentes sistemas montañosos. Al pie de esas montañas se acercaron también gentes con inquietudes religiosas, seguramente inspiradas por las cimas que se alzan hasta la altura del cielo, cuyo empeño daría lugar a la fundación del Monasterio de Santo Toribio de Liébana, a escasa distancia de lo que hoy es Potes. Pero no todo ha sido sosiego en la Villa, que se vio envuelta en las disputas medievales de los Mendoza y los Manrique, resueltas a favor de los primeros. Potes, Santo Toribio y la época medieval concurren en este entorno de confluencias en el lugar que venimos a visitar: la Torre del Infantado.

La Torre del Infantado es un edificio del siglo XV, construido por el linaje de los Mendoza como el bastión de Potes y de la comarca de Liébana. Es una de las cinco torres que se construyen en Potes en diferentes épocas. Fundamentalmente, es un edifico fortificado con dos fachadas que dan a las confluencias de los dos ríos, el Deva y el Quiviesa. Es una construcción muy típica de la península ibérica y de toda Europa. La Torre ha sido de propiedad privada, de Diego Hurtado de Mendoza, el segundo marqués de Santillana, que es después primer duque del Infantado. Ha pertenecido a la casa de la Vega y después ha sido cárcel y sede del Ayuntamiento de la Villa. En definitiva, se trata de un edificio de mampostería, salvo esquinales y vanos, de planta cuadrada, se remata por una cornisa apoyada en modillones que sostenía una barbacana corrida. Conserva cuatro pequeñas torres cúbicas almenadas en cada esquina. Se accede a ella por una alta escalinata y a través de una puerta con arco apuntado, estando dominada por balcón corrido con ventanales enmarcados en alfiz.

Al entrar en la Torre nos sorprende su luminosidad, extraña en una construcción defensiva, cuyos muros exteriores tienen escasos y pequeños vanos. Un patio interior, atribuido a una reforma llevada a cabo por los Duques del Infantado en el siglo XVI, permite que la luz natural atraviese todo el espacio interno de la Torre. Precisamente, la luz es uno de los valores en torno a los que gira la restauración más reciente de la Torre, que se ha prolongado durante diez años. El arquitecto, Javier de la Rosa, dota a la Torre de maderas nobles, acero corten y cristal, cristal por todas partes, para que entre la luz hasta la planta sótano.

El arquitecto busca que la quididad de la Torre permanezca prístina, sin nada que la contamine, característica que no siempre responde de la mejor manera a la vocación museográfica del edificio, abierto con esa función el 19 de marzo de 2011.

Mientras subimos las escaleras en dirección a la azotea, percibimos que lo moderno y lo clásico, lo arquitectónico y lo expositivo confluyen con toda naturalidad en este emblema de la Villa de las confluencias. Al llegar arriba, nos aguarda una panorámica excepcional. Nuestra mirada empieza su recorrido sobre la mole caliza de los Picos de Europa, para dirigirse posteriormente a la zona del puerto de San Glorio, el acceso a León; luego llega al puerto de Piedrasluengas, la entrada desde Palencia. Ya más hacia la izquierda se adivina la tercera entrada, el Desfiladero de la Hermida, la conexión con la costa. Nos explican que, tradicionalmente, Liébana se orientaba hacia Castilla y León, no hacia la costa. De hecho, la carretera del desfiladero es de finales del siglo XIX y hasta los 80 de ese siglo no se podía ir a Santander por esta vía.

Todavía en la azotea, destaca ante nuestra vista el monte de la Viorna. En su cima, nos dicen, hay una cruz, que está directamente relacionada con la leyenda de la fundación del monasterio de Santo Toribio. La leyenda dice que Santo Toribio subió tres veces al monte de la Viorna y, donde está la cruz, por tres veces tira su báculo y llega a un pacto con Dios, `el monos pro monon´, el solo para el solo, pacto en el que el santo se compromete a erigir un monasterio en honor de Dios en donde caiga el báculo. Tres veces lo hace y si seguimos la silueta del monte hacia la derecha podemos ver una colina con una espadaña, que es la Ermita de Santa Catalina y más abajo, continuando la silueta del Viorna, vemos unos árboles y debajo otra espadaña, que es la Ermita de San Miguel. No muy lejos, se divisa una explanada con una especie de pista, que es donde está el monasterio. Nos encontramos ante una urdimbre de eremitorios que rodeaban el monasterio, como las lauras: un cenobio grande, para hacer la vida cenobítica todos juntos, y luego los eremitorios, para que los monjes se fuesen retirando en penitencia, en oración, a la vida eremítica. Era todavía una yuxtaposición de la vida de los ermitaños con los principios de la vida cenobítica, todos en comunión.

Allí, en ese monasterio, en el siglo VIII, unos ciento y pico años más tarde de que se funde, se desarrolla y escribe un abad que se llama Beato de Liébana. Beato escribe el comentario del Apocalipsis de San Juan, el Himno a Santiago Apóstol y el Apologético. Ahora Beato de Liébana es la figura y rotor de toda la museografía de la Torre del Infantado, que se convierte en un espacio destinado a la recuperación de la memoria histórica de Beato de Liébana, el primer escritor cántabro y un personaje esencial para entender el cristianismo en Europa. En sus 1.800 metros cuadrados y 21 metros de altura, la Torre alberga permanentemente la exposición `Beato de Liébana y sus beatos´ la más completa colección facsímil del mundo de los códices denominados `Beatos´.

Abandonamos la azotea y nos detenemos en la planta quinta, la planta del bien y del mal, disponiéndonos física y mentalmente en la frecuencia adecuada para iniciar sin prejuicios un viaje dentro de los libros de Beato, una experiencia fascinante de la que hablaremos en otra ocasión.