The Cantabrian Archaeological Site of Camesa-Rebolledo. The roman baths.


Categoría: News

Publicado el 26/02/2021

No lejos de la Meseta, en el municipio de Valdeolea, encontramos nuestro destino, un lugar conocido como El Conventón, entre los pueblos de Camesa y Rebolledo, a un kilómetro de Mataporquera, la capital de Valdeolea. Desde que en 1976 un vecino de Camesa, Abel Gómez, diera con el pequeño fragmento de un humilde ladrillo, este entorno no ha hecho más que deparar sorpresas arqueológicas que sucesivamente han ido ampliando el número de edificaciones, tanto civiles como militares, presentes en lo que hoy se califica ya como un asentamiento que acogió una considerable actividad humana en diferentes periodos.

Así, sobre una loma situada a unos mil metros de lo que hoy aparece como el emplazamiento principal, se encuentran los restos del campamento militar romano y debajo el asentamiento indígena prerromano, conocido como el Castro de Santa Marina o María. La casa donde hoy se concentra el grueso de la visita forma parte de un conjunto de edificios que en época romana existió en este lugar y que creció bajo el amparo del campamento militar que estaba arriba. El centro de interpretación nos va poniendo en el contexto de las guerras cántabras y la romanización, como ya nos ocurrió en el caso de Juliobriga, otro importante asentamiento romano.

Una vez dentro de la excavación arqueológica, entre lo que vemos y lo que oímos, comprendemos que la vida y la muerte coinciden aquí en el mismo espacio pero en distinto tiempo. Las termas, que nos hablan del vitalista disfrute del ocio en una residencia romana entre los siglos I y III después de Cristo, se encuentran a escasos pasos de los enterramientos que se iniciaron hacia el siglo VI. Dos siglos después se construye allí una ermita, donde la muerte se celebraba como la esperanza de la vida eterna, casi como el símbolo sintético de este peculiar espacio. Hacia el siglo XII, se deja de registrar actividad humana en este lugar, donde la naturaleza fue acumulando capas de olvido hasta que aquel pequeño trozo de ladrillo, con la inscripción LEG, reclamaba para este entorno el lugar que le corresponde en la historia.

Aunque una mirada permite abarcar el conjunto de la excavación, lo cierto es que en aquella superficie casi cada metro entraña alguna particularidad que requiere un examen detenido. Hoy nos ocuparemos de los baños. Allí los romanos estaban en la gloria, y nunca mejor dicho, porque utilizaban para subir la temperatura ese sistema de calefacción, que distribuye calor haciendo circular los humos calientes emitidos por una hoguera a través de conductos situados bajo el suelo. Claro que ellos no llamaban a este sistema calefactor gloria, sino hipocausto, porque sabían latín.

Las termas ocupan el ala oeste para aprovechar el sol, de manera que habitualmente los baños se toman por la tarde, a partir de las tres o las cuatro de la tarde. Para conservar mejor el calor, el ámbito de las termas es un lugar un poco lúgubre y oscuro, que se iluminaba con lucernas de aceite de metal o cerámica. Son en total cuatro habitaciones sin puertas ni cerramientos, donde se mantiene una temperatura ambiente alta independientemente del baño que se esté tomando. Todo eso se consigue en un espacio minúsculo, cerrado y hermético. En las termas se seguían una especie de circuitos donde se tomaban baños a distintas temperaturas, junto a saunas y masajes. Como media, los bañistas romanos circulaban por ese circuito de dos a cuatro horas. Aparte de la ducha diaria, el uso de las termas se relaciona con el ocio y la reunión social con otras personas.

Estas termas contaban con el sistema de calefacción por hipocausto, que en la excavación aparece recreado como un sistema estructural integrado en el edificio que funciona por debajo del suelo que se pisa. Las hileras de columna sirven para sujetar y distribuir el peso del doble suelo que va encima. Es lo que evita que se hunda. Las bañeras irían alojadas encima de ese suelo caliente, serían unas bañeras de obra contra la pared, junto a un muro de contención y unos pequeños escalones. La lógica nos dice que las habitaciones más cercanas al fuego o chimenea, desde donde se distribuyen los humos calientes, serían las más cálidas. Por eso los arqueólogos explican que esa primera habitación circular sería el baño caliente de estas termas, el caldarium, en el que a menudo se toma la sauna; por lo tanto, también sudatio. Para producir vapor se rellenaba de brasas un brasero de metal y se echaba agua sobre ellas. Así, tendríamos la primera parte de los baños, el baño caliente y la sauna.

A las termas se accede por una puerta junto a la que se encuentra el acuditerium, que es una especie de vestuario. Allí los bañistas se quitan y ponen las ropas y empiezan la secuencia de baños. Además, también se podía disfrutar un masaje, en una especie de camilla o banco, y tras ese masaje el baño templado en el trepidarium, el último lugar en el que vamos a encontrar el recorrido de calor por debajo del suelo. El calor, al avanzar, pierde temperatura y al llegar a la última estancia el ambiente es tibio.

Enfrente, en una habitación rectangular, se encuentra el frigidarium, que es el baño frío de estas termas. Es como una antigua piscina, porque aparece el desnivel de la calefacción para darle profundidad. Aprovechan el nivel para llenar la habitación hasta esa altura de agua y transformarla en sí misma en una pequeña piscina o natatium.

Sabía de la afición de la civilización romana por los baños. De hecho, muchos balnearios, en algunos casos renombrados como spa, tienen su origen en termas romanas. Sin embargo, nunca imaginé que una tarde romana de baños pudiera resultar tan sistemática y, al mismo tiempo, relajante. Haremos un alto en el camino para secarnos antes de continuar nuestra visita por este singular entorno de Camesa-Rebolledo.